El fin del Occidente, el nacimiento del mundo

Durée de lecture : 10 minutes

20 novembre 2014 / Hervé Kempf


en francés

Las ideas del libro :

I – La historia del mundo

1 – La prehistoria

Durante más de un millón de años, la humanidad se desarrolló en África.
Hace solo setenta mil años, los homo sapiens dejaron ese continente, tal vez bajo el efecto de un cambio climático, y se dispersaron sobre toda la superficie del planeta.
Crearon diferentes culturas, adaptadas a condiciones ecológicas variables.

A pesar de estas diferencias, las condiciones materiales de existencia de todos los seres humanos siguieron siendo similares durante miles de años, incluso si se podían observar grandes desigualdades dentro de cada sociedad.

2 – La gran divergencia

A partir del siglo XVI, los pueblos de una región del mundo, llamada Occidente, manifestaron un dinamismo particular, que los llevó a imponer su supremacía sobre los pueblos de otras regiones.

Esta evolución, que los historiadores llaman “la gran divergencia”, se manifestó a través de un cambio de régimen demográfico de la humanidad, que pasó de mil millones de habitantes en 1804 a siete mil millones en 2012, y de una mejora general de las condiciones materiales de existencia. Sin embargo, también ha llevado a una degradación masiva de la ecología mundial.

Asimismo, ha generado una anomalía excepcional con respecto a la historia de la humanidad, es decir una divergencia importante de las condiciones materiales de existencia entre los occidentales y los otros pueblos humanos. Por ejemplo, un ciudadano de los Estados Unidos tiene un ingreso anual 43 veces superior al de un habitante de Etiopía y se estima que mil millones de seres humanos producen cien veces más que los 800 millones más pobres.

Por otra parte, la expansión occidental ha consumido una parte muy importante de los recursos ecológicos globales, llamado “espacio ecológico planetario”.

3 – La gran convergencia

Una gran cantidad de países del hemisferio sur “emergen” y sus economías crecen rápidamente. La diferencia con los países occidentales es cada vez menor y la supremacía occidental se desvanece progresivamente. De hecho, en la escala de la historia, esta supremacía es solo un paréntesis, menos de trescientos años con respecto a una historia de setenta mil años, es decir menos de la milésima parte de lo que dura la aventura del homo sapiens. Tras haber transformado el mundo, los occidentales vuelven a ser como los demás.

La humanidad ha entablado un movimiento de uniformización del estatus medio, que la lleva a una situación históricamente normal. La mundialización de la cultura, que hace que todo el mundo conozca los modos de vida dominantes, estimula este movimiento. La desigualdad promedio mundial va a reducirse ya que tendemos hacia una situación en la que las diferentes condiciones materiales alrededor del planeta serán comparables.

En términos geopolíticos, esto se va a manifestar a través de un nuevo equilibrio entre las potencias en las próximas décadas, donde el Occidente perderá su posición dominante. No obstante, la posición relativa de las potencias mundiales no es la cuestión esencial. El elemento crucial es saber a qué corresponderá el nivel promedio de consumo material de los nueve mil millones de habitantes con los que podría contar el planeta de aquí a 2050 : ¿al de un habitante de Norteamérica, de Europa, de Japón, o un nivel mucho menor ?

4 – La crisis ecológica

El retorno mundial a la igualdad se juega en un nuevo contexto, el de la crisis ecológica, y presenta una característica única en la historia de la humanidad, ya que esta vez estamos alcanzando los límites de la biósfera. El hecho de permitir que continúe el deterioro del medio ambiente, el incremento de los gases de efecto invernadero, así como la pérdida de la biodiversidad, puede conducir a una degradación de las condiciones de existencia y provocar una serie de conflictos que pueden arruinar la paz planetaria.

A partir de ese momento, la posibilidad de que el conjunto de los habitantes del planeta alcancen el nivel promedio de consumo material y de energía de los occidentales es ecológicamente insostenible.

La gran convergencia significa entonces que el nivel promedio debe situarse por debajo del nivel de consumo de los occidentales. Como no existe ninguna razón que justifique que estos consuman más que los demás, deberán empobrecerse en términos de consumo material y de energía.

II – El significado de la crisis económica

5 – Las razones de la crisis

La disminución del nivel de vida material de los occidentales se puso en marcha durante la crisis financiera abierta de 2007. Su motor esencial fue la burbuja especulativa del sistema financiero, que incitaba el endeudamiento masivo, sobre todo en los Estados Unidos. Este endeudamiento era una manera de mantener alto el nivel de consumo material de las clases medias, a pesar del estancamiento de sus ingresos reales. El enriquecimiento global ha sido captado por una delgada capa de ricos y de hiperricos. En ese sentido, el endeudamiento logró hacer invisible el aumento de las desigualdades en los países occidentales.

Sea como sea, la inestabilidad del sistema económico de los países occidentales ha provocado la limitación necesaria del consumo material, pero esto se produce de la peor manera posible, ya que dentro del régimen oligárquico en el que se ha convertido el capitalismo, la clase dirigente deposita todo el peso de los ajustes sobre los pobres y las clases medias y rechaza las políticas que permitirían comenzar la transición ecológica.

6 – La paradoja occidental

El problema central que se planea en los países occidentales viene a ser determinar cómo reducir el consumo material. Ahora bien, el sistema político se encuentra en casi todas partes dominado por los hiperricos, quienes controlan el poder económico, político y mediático. En ese sentido, se puede considerar más bien como un régimen oligárquico y no democrático.

La oligarquía ha logrado superar la crisis abierta de 2007 sin que su poder haya sido puesto en duda, aplicando de manera brutal la austeridad, como lo demuestra el destino reservado para Grecia.

Sin embargo, la transición necesaria puede ser controlada democráticamente, de manera que la más mínima abundancia material sea compensada por la mejora de los bienes comunes y de las satisfacciones sociales. Esto implica que los pueblos occidentales demuestren su rechazo hacia la oligarquía y encuentren una nueva expresión política.

En efecto, el camino hacia la transición ecológica solo podrá ser realidad si se le asume como una opción política, cuya condición es la reducción drástica de las desigualdades.

7 – La oligarquía mundial, rebelión universal

Los países ricos no son los únicos que viven bajo un régimen oligárquico que opone la clase dirigente a la sociedad. Varios países de África y de América Latina conocen desde hace mucho tiempo esta fuerte desigualdad, mientras que en otros países emergentes, el crecimiento se manifiesta a través de una diferenciación cada vez más grande del nivel de ingresos. Por ejemplo, la región Asia-Pacífico cuenta con más millonarios (3,3 millones) que Europa (3,1 millones), pero incluso si las condiciones materiales han mejorado en los países emergentes, la miseria sigue siendo muy grande. Esta injusticia se hace aún más insoportable dado que el crecimiento debería disminuir, como consecuencia de la desaceleración occidental y del peso cada vez mayor de la crisis ecológica.

También en las sociedades del sur, las clases populares deben lograr que la oligarquía que se apropia de una parte excesiva de la riqueza colectiva reaccione. Los problemas políticos de principios del siglo XXI no son solo inherentes a las sociedades occidentales, sino que caracteriza al conjunto de la sociedad humana.

III – La transición ecológica

8 – Del crecimiento al estado estacionario

El fenómeno de “transición demográfica” permite a un grupo humano cambiar de régimen demográfico. Primero, la tasa de mortalidad disminuye, pero la natalidad se mantiene en el nivel alto de la cultura anterior, y la población aumenta fuertemente, antes de que la cultura se adapte y que la tasa de natalidad disminuya también. En ese momento, la población alcanza un punto de equilibrio. Este fenómeno se dio primero en los países europeos pero ahora continúa a escala mundial.

Del mismo modo, se puede considerar que el mundo vive una “transición económica”, de un régimen anterior de frugalidad impuesta hacia un estado de prosperidad estable. Estamos en pleno ajuste del nuevo régimen, es decir, el fin del crecimiento de la economía.

Esto es el resultado de la situación ecológica pero también de las nuevas exigencias que pesan sobre los recursos energéticos, así como sobre las tierras agrícolas, el agua, las materias primas, ya que su precio va a aumentar, lo que va a frenar el crecimiento.

Si se quiere evitar la crisis, se debe definir una nueva economía que minimice la presión que se ejerce sobre la biósfera. Deberá basarse sobre valores inversos a los de los últimos treinta años : la nueva economía favorecerá el reciclaje, la lucha contra el desperdicio, la relocalización, la disminución del consumo de energía. Además, privilegiará los bienes sociales inmateriales (educación, salud, ocio) sobre los objetos privados materiales. Esta nueva lógica se impondrá a todos, incluso si se diferenciará según los países, ya que los occidentales, como ya lo hemos mencionado, son quienes tendrán que cambiar de manera más drástica.

Una clave de esta transición se encuentra a nivel de la cultura, dado que a pesar de las inmensas diferencias de tradiciones, el pueblo de la Tierra comparte hoy una cultura común, gracias a la televisión y a los viajes. Pero también a través de esta nueva conciencia de su unidad, y del peligro ecológico que pesa sobre todos. El principal desafío es sin duda definir esta cultura, que se enriquezca de las culturas de cada uno sin rechazarlas. “Llegar a la civilización de lo universal”, escribía el senegalés Léopold Sedar Senghor, “al punto de encuentro del dar y del recibir”.

9 – La nueva geopolítica

La crisis ecológica plantea la cuestión de las relaciones internacionales de una manera totalmente nueva. El precio creciente de la energía, el enrarecimiento del agua y de las tierras agrícolas, van a provocar rivalidades de acceso a esos recursos. Los océanos, donde podrían encontrarse importantes yacimientos de minerales, van a ser aún más codiciados. El cambio climático, que se hace sentir cada vez más, podría provocar nuevas guerras y conflictos.

Todo esto va a ocurrir en el contexto que ya hemos descrito de nuevo equilibrio entre las potencias y los niveles de vida materiales. Su fase diplomática seguirá siendo la negociación sobre el cambio climático, donde lo que se discute en realidad es el reparto del espacio ecológico. Sin embargo, la crisis ecológica planetaria transforma la lógica tradicional de las relaciones internacionales y nadie podrá escapar al destino general. Todos se salvan, o todos desaparecen.

El futuro depende del éxito de este doble movimiento de igualación entre los pueblos del mundo y en el seno mismo de las sociedades : paz o guerra civil en el seno de las naciones, paz o guerra entre ellas.


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